La Semana Santa en Sevilla inicia un periodo de celebraciones populares y de reafirmación cultural. En los próximos meses, casi de una manera encadenada, Sevilla vivirá la Semana Santa, la Feria de Abril y la salida al Rocío.
El incienso es uno de los olores característicos de la Semana Santa. Cada paso va acompañado de un incensario.
La Semana Santa, más allá de ser una manifestación del fervor religioso, es una expresión cultural que hunde sus raíces en la edad media. Las cofradías, las mismas que procesionan acompañando a los pasos, son uno de los primeros tipos de asociación popular que se crearon. Antes de que existieran los sindicatos, antes de que existieran los partidos políticos, antes de que aparecieran los clubs deportivos, ya había cofradías.
Organizadas en torno a un santo o una imagen religiosa, las cofradías eran independientes de la iglesia. Tenían sus propios estatutos, sus propias finanzas, sus propios órganos de gobierno e incluso llegaron a tener relevancia en la vida económica y social. Para ejercer de platero en Córdoba en el siglo XVI había que estar inscrito en la Cofradía de San Eloy. La artesanía de la plata, una de las principales actividades económicas de la ciudad, no se regía por un Gremio, ni por ninguna organización profesional, sino por una cofradía.
Desligada de sus orígenes profesionales, la cofradía de plateros de San Eloy ha perdurado hasta nuestros días y hoy se llama la Hermandad del Huerto, la cual sale de procesión el Domingo de Ramos.
En Sevilla, también perviven cofradías de origen gremial que se formaron entre finales del siglo XIV y principios del XVI y continúan saliendo en la Semana Santa actual. Como la Hermandad del Buen Fin, ligada a los curtidores de la piel o la Hermandad de la Santa Mortaja, relacionada con los escribanos, hoy notarios.
El incienso en las cofradías.
En las procesiones de Semana Santa, delante de cada paso, desfila el “turiferario”, un acólito que hace balancear un incensario suspendido con cadenas y que envuelve la imagen en una nebulosa de humo. La explicación religiosa es que con el incienso, las plegarias de los fieles ascienden hasta la virgen, el Cristo o el santo. El cual las toma, como si lo respirara por la nariz, las hace suyas y las cumple.
Lo cierto es que la Semana Santa tiene un fuerte carácter teatral. No en sentido malo, todo lo contrario. Es una impresionante puesta en escena. Una exaltación de los sentidos donde todos los elementos están perfectamente compenetrados. La pasión y el sentimiento de las procesiones se transmiten por la vista (las imágenes portadas a hombros de los costaleros, las filas de nazarenos, las velas encendidas por la noche), por el oído (las marchas de las bandas de cornetas y tambores) y el olfato (el olor a incienso y cera derritiéndose).
En algunas procesiones, los penitentes, llevan un incensario en la parte de arriba de una vara o bastón que les acompaña toda procesión.
Cada cofradía tiene su propio incienso. Una mezcla de resina e ingredientes aromáticos que despide un olor característico, diferente al de las otras hermandades. De esta manera, anuncian a los presentes la inminente llegada de la imagen sagrada.
Algunas tiendas especializadas, como El Palacio del Incienso, una tienda online que vende incienso en todos sus formatos y una amplia variedad de más de 3.000 productos espirituales, elaboran incienso por encargo para las cofradías y comercializan para uso doméstico el de algunas de las más populares, como el de la Esperanza de Triana o la del Cristo del Gran Poder de Sevilla.
Las mejores procesiones de Sevilla.
El blog de la web del Centro Comercial Alcampo Tamarguillo, en Sevilla, resalta que el punto cumbre de la Semana Santa sevillana es la procesión de la “Madrugá”. Una procesión única en el mundo, en la que las 6 hermandades más populares de la ciudad, sale cada una de su iglesia y recorren durante toda la noche del Jueves Santo, hasta la mañana del día siguiente, el casco histórico de Sevilla en el más absoluto silencio. Una manifestación de emoción contenida que no deja indiferente a nadie.
Otra de las procesiones más impresionantes es la de “El Cachorro”, que arranca el Viernes Santo a las 6 de la tarde desde la Basílica del Patrocinio en Triana y dura 11 horas. La imagen del Cristo impacta por el realismo de la escultura y la expresividad del rostro.
La Semana Santa de Sevilla se inicia con la procesión de la Borriquilla, el Domingo de Ramos por la mañana. Una procesión que rememora la llegada de Jesucristo a Jerusalén y que es más relajada, festiva y colorida que las que se verán durante los días centrales de la semana. Una procesión donde la gente recibe el paso portando Palmas en las manos.
El Martes Santo se celebra otra de las procesiones únicas. La del Cerro del Águila. Una procesión organizada por la cofradía de un barrio sevillano, precisamente llamado Cerro del Águila, que lleva sus 3 imágenes (la de Jesús de la Humildad, el Santísimo Cristo del Desamparo y el Abandono, y la virgen Nuestra Señora de los Dolores Coronada) desde sus iglesias hasta la catedral. La procesión dura 15 horas.
En Sevilla no se descansa ningún día y el Sábado Santo por la tarde se celebra la procesión del Santo Entierro, que discurre por los alrededores del Convento de San Gregorio.
Los pasos de la Madrugá.
En la procesión de la Madrugá participan las cofradías de El Silencio, El Gran Poder, La Macarena, El Calvario, La Esperanza de Triana y El Gitano. Como explica la página web ESN Erasmus Sevilla, cada paso tiene su hora de salida de manera que puedan coincidir todas, de forma escalonada en la Carrera Oficial, el recorrido común que empieza en la zona de la Campana y termina en las inmediaciones de la Catedral.
El paso de El Silencio, lo acompaña la Hermandad de Jesús Nazareno, una de las cofradías más antiguas de Sevilla, que se fundó en 1578. Suele congregar sobre el orden de 1.200 nazarenos, vestidos de negro riguroso. El paso hace un recorrido circular; sale y se recoge en la Iglesia de San Antonio Abad, donde se alberga esta imagen de Cristo llevando la cruz a cuestas.
El Cristo del Gran Poder es otro de los pasos emblemáticos de esta procesión. Una escultura hecha por Juan de Mena, escultor del Barroco, en el que por el sonido de los pasos acompasados de los costaleros suena como si el Cristo fuera andando.
La Macarena Esperanza es uno de los pasos más bonitos de esta procesión y uno de los más emotivos. La hermandad de la Macarena congrega a 3.800 nazarenos. Los que acompañan a la virgen visten con la túnica verde, y los que siguen al Cristo apresado por los “armaos” romanos, visten de blanco y morado.
La Esperanza de Triana es la otra virgen emblemática de la “Madrugá”. Uno de los momentos más especiales de su recorrido es cuando cruza el Guadalquivir por el Puente de Triana. Abandona su barrio para entrar en el centro de Sevilla.
El paso principal de la hermandad del Calvario es el Cristo en la Cruz. Esta hermandad se caracteriza por su sobriedad y por el más absoluto silencio
La procesión la cierra El Cristo de los Gitanos. Una imagen que despierta gran devoción en Sevilla y a la que se le para en varias ocasiones para cantarle una saeta.
Más que procesiones.
En Semana Santa, Sevilla se para. No existe otra cosa. La gente se engalana con sus mejores ropas, como si fuera invitado a una boda. Los hombres, con traje de chaqueta y corbata, y las mujeres con vestidos y zapatos de tacón.
Es el momento de reunirse con la familia, de regresar a los orígenes, con la solemnidad que infunde la ocasión. Familias enteras, padres e hijos, estos a su vez con sus respectivos hijos, quedan juntos para ver las procesiones, en un balcón, alquilando una silla o a pie de calle. Hay hasta quien se lleva una silla plegable de casa, aunque dicen que este año las ha prohibido el ayuntamiento.
Con la escusa de ver las procesiones, los sevillanos recorren la ciudad. Entre procesión y procesión, paran a tomarse una copa de vino o una cerveza en una terraza, antes de volver a tomar posición en la calle. Por fin ha llegado el buen tiempo y la ciudad huele a azahar.
Es un acontecimiento curioso. Sevilla se vuelca en la calle, pero, al mismo tiempo, los sevillanos aprovechan para comer en familia en las fechas señaladas. Como Viernes Santo, entre las procesiones de la mañana y de la tarde; y el Domingo de Resurrección, cuando se supone que todo ha acabado. Cuando decimos que comen en familia es que en una casa se pueden llegar a reunir más de una veintena de personas.
Hay quien dice que la Semana Santa en Sevilla es una ópera coral, donde el protagonista indiscutible es la ciudad. La Semana Santa se vive con devoción en muchas partes de España, pero en pocos sitios manifiesta tanta intensidad como en Sevilla.
La comida de Semana Santa.
Otro de los atractivos de la Semana Santa es la comida. Estos días se disfrutan manjares que no se suelen comer en ninguna otra época del año.
Son populares los dulces de Semana Santa, como las torrijas, rebanadas de pan duro empapadas en leche o vino, que se rebozan con huevo y se fríen, embadurnándolas en azúcar, canela o miel.
En Sevilla se comen los pestiños. Una masa frita que se barniza miel, y los borrachuelos, parecidos a los pestiños, pero con un toque de vino. También son habituales en esas fechas, los Cortadillos de Cidra, unos pastelitos de hojaldre, rellenos de cabello de ángel. Como en otras partes de España, también se comen las flores (una masa frita) y los rosquillos, unos roscos pequeños con un toque de anís.
Desde Jueves Santo, cuando apresan a Cristo, hasta el Domingo de Resurrección está prohibido comer carne. Es el momento de comer bacalao, rebozado y frito, o en salsa, con un pequeño regusto picante. En Semana Santa se come mucho bacalao. Era el único pescado que llegaba al interior debido a que se conservaba en salazón.
También es típico comer esos días el Potaje de Vigilia o Potaje de Semana Santa. Un guiso de garbanzos, espinacas y bacalao.
Proveniente de Cádiz, en los bares de tapas se sirven tortillas de camarones; así como buñuelos y croquetas de bacalao.
Para acompañar se toma un vino manzanilla o un fino fresquito. Es el vino que mejor combina con estos platos de pescado. Y para los dulces una copa de quina, un moscatel o un Pedro Ximénez.
El valor cultural.
Con independencia de que seamos religiosos o no, la Semana Santa tiene un valor cultural innegable. Dice mucho de cómo somos y de cómo nos relacionamos.
Las fiestas religiosas en España corren parejas a la sucesión de las estaciones y al ritmo productivo; en especial, el del campo, ya que ha sido esta la actividad principal de este país durante siglos. La Semana Santa es una explosión de color que da la bienvenida a la primavera. Una semana entera que festeja que los campos están en flor, y que está próximo el fruto del trabajo duro que hemos realizado en invierno. Es al mismo tiempo, un periodo de recogimiento, de reunirse con la familia. Pues con el verano comenzarán las cosechas. Una actividad que antes se realizaba en grupos familiares. Las cuadrillas de recogedores las formaban las familias al completo, reuniendo varias generaciones. Bien, para ahorrarse dinero y no tener que contratar a nadie; o bien para trabajar de jornaleros y llevar todo el dinero que se pudiera a casa.
Hasta las plegarias de Semana Santa, se basaban en un requerimiento a la madre tierra. Para que nos diera salud y prosperidad en los meses venideros.
Los tiempos han cambiado. La sociedad española ya no vive en lo fundamental del campo, más bien de los servicios. Pero fiestas como la Semana Santa nos recuerdan de dónde venimos.