No sé si será algo de las nuevas generaciones, una moda saludable o pura necesidad, pero si algo me ha quedado claro en los últimos años es que ahora caminamos más que nunca.
No solo yo: mis amigos, mis vecinos, mi jefe… hasta mi padre, que hace no mucho no podía ni subir una cuesta sin quedarse sin aire, ahora se casca 30 o 35 kilómetros al día. Y no es broma, lo hace de verdad. Y todos los días.
Al principio pensábamos que era una de esas promesas que uno se hace en Nochevieja: «Este año voy a cambiar», «voy a moverme más», «me voy a cuidar». Ya sabéis, las típicas frases que duran dos semanas.
Pero no. Mi padre cogió la costumbre de caminar y no la ha soltado más. Ha perdido peso, tiene mejor humor, duerme mejor… pero también hay algo que no muchos cuentan: caminar tanto tiene sus efectos, y no siempre son agradables. Sobre todo si no estás preparado…
De no moverse a no parar
Mi padre tiene casi 70 años. Siempre ha sido de los que cogía el coche hasta para comprar pan. Eso de caminar no iba con él, no porque no le gustara, sino porque no podía. Subir unas escaleras era un suplicio, y siempre con dolor en la rodilla, el estómago hinchado y la respiración ajetreada. El típico perfil de alguien que se siente viejo antes de tiempo.
Pero un día, sin que nadie se lo pidiera, se levantó temprano, se puso unas zapatillas que ni recordábamos que tenía, y se fue a andar. Diez minutos, nada más. Volvió sudando y con cara de querer morirse, pero no dijo ni una palabra. Al día siguiente, repitió. A la semana, ya caminaba media hora. Al mes, una hora. Y así, sin que nos diésemos cuenta, acabó caminando cuatro o cinco horas al día. Hasta 35 km todos los días, con sol, con lluvia o con viento. Le llames o no le llames, él ya tiene su ruta hecha.
¿Resultado? Ha perdido más de 20 kilos y ya no necesita pastillas para la presión. La barriga que tenía desapareció, ha recuperado la energía y, sobre todo, se siente orgulloso de sí mismo.
Y nosotros, también.
Caminar está de moda (y con razón)
Caminar se ha convertido en la nueva forma de hacer ejercicio para muchas personas. No necesitas pagar un gimnasio, no tienes que comprarte equipo caro, no hace falta apuntarse a ninguna clase. Solo necesitas un par de zapatillas decentes y salir por la puerta.
Además, caminar tiene beneficios que muchas veces no se valoran lo suficiente. Mejora la circulación, reduce el estrés, ayuda a controlar el peso, fortalece los músculos, y, en general, te hace sentir mejor. Es una actividad que puedes adaptar a tu ritmo, y que, bien hecha, no debería tener contraindicaciones. Pero claro, eso de «bien hecha» es la clave.
Porque si algo he aprendido viendo a mi padre es que caminar tanto, sin preparación, sin conocimiento, y con la confianza de que “esto es solo andar”, puede traer dolores. Sobre todo si lo haces con calzado inadecuado o sin escuchar al cuerpo.
El lado B de tanto paseo
Mi padre está encantado con sus caminatas, pero también se ha ganado algún que otro susto. Después de los primeros meses de andar 25 o 30 kilómetros diarios, empezó a quejarse de que le dolían los tobillos. Luego fue el talón. Después la planta del pie. También las rodillas, y la parte baja de la espalda.
Al principio lo achacamos al cambio de actividad. Era lógico que el cuerpo, después de tantos años de vida sedentaria, se quejara un poco. Pero lo que no sabíamos era que no todos los dolores eran tan “normales” como pensábamos. Uno de los más molestos fue una especie de pinchazo constante en la planta del pie que aparecía después de andar mucho, como si pisara sobre una piedra invisible.
Ese fue el punto en el que empecé a investigar por mi cuenta y descubrí, gracias a empresas como Clínica Podológica Oltra, especializada en podología médica y quirúrgica, que cuando te duele el pie no puedes esperar. Necesitas ayuda y orientación médica profesional, y mejor si viene de podólogos. Porque por mucho que parezca una molestia menor, un dolor mal tratado puede acabar siendo un problema serio.
Lo que aprendimos del podólogo (y que nadie te cuenta)
La visita al podólogo fue reveladora. En serio, yo pensaba que los podólogos solo trataban uñas encarnadas y callos, pero resulta que saben mucho más de lo que imaginamos. Le hicieron un estudio de la pisada, analizaron cómo caminaba, le revisaron los zapatos que usaba y, sobre todo, le explicaron que no todos los pies están hechos para aguantar la misma carga, ni todo el calzado vale para todos.
Le recomendaron unas plantillas personalizadas, ejercicios de estiramiento y, sobre todo, cambiar las zapatillas que usaba por unas más adecuadas. El cambio fue inmediato: en dos semanas, los dolores se redujeron a la mitad. Y eso que él seguía caminando los mismos kilómetros.
Y ahí entendí algo que parece obvio pero nadie dice: caminar es genial, pero no es tan inocente como lo pintan si lo haces mal. Y lo que es “mal” para unos, puede no serlo para otros. Por eso es importante que, si te estás enganchando a andar mucho o lo haces con frecuencia, te asegures de que tu cuerpo (y tus pies) te lo van a agradecer.
Consejos si tú también te has sumado a la fiebre de caminar
Si estás pensando en salir a caminar más o ya lo haces, estos son algunos consejos que hemos aprendido en casa después de la experiencia de mi padre. Algunos son muy simples, pero te pueden ahorrar más de un dolor.
- No empieces con locuras: No quieras pasar de cero a treinta kilómetros. Empieza poco a poco. Media hora al día es más que suficiente para comenzar. Luego ve subiendo progresivamente, según te sientas.
- Calzado adecuado: Invierte en un buen par de zapatillas. Y no solo porque sean “cómodas”, sino porque estén hechas para caminar. No todas las zapatillas sirven para todo. A veces lo que te parece cómodo a corto plazo, a largo plazo te da problemas.
- Escucha tu cuerpo: Si sientes molestias, para. No normalices el dolor. El cuerpo avisa cuando algo no va bien. Un dolor repetitivo no es parte del “proceso” ni de “hacerse fuerte”. Es una señal.
- Haz estiramientos: Antes y después. Unos minutos de estiramientos pueden evitar sobrecargas musculares, tirones o lesiones. Y no necesitas ser un yogui para hacerlo. Hay vídeos en YouTube que lo explican en tres minutos.
- Hidratación y alimentación: Parece una tontería, pero si andas mucho, necesitas hidratarte bien y comer lo suficiente. Mi padre a veces volvía sudando como si hubiese corrido una maratón. Y claro, también perdía electrolitos y energía.
- Hazte una revisión de pisada: Este fue el gran descubrimiento. El podólogo nos explicó que muchas lesiones o molestias vienen de una mala pisada. Si vas a caminar mucho, hazte un estudio. Es rápido, no duele, y te puede ayudar muchísimo.
- Varía las rutas: Caminar por asfalto no es lo mismo que caminar por tierra o césped. Cambiar los terrenos ayuda a no sobrecargar siempre los mismos músculos y amortigua el impacto.
Qué NO hacer cuando caminas para cuidar tus pies y cuerpo
Aunque caminar parece fácil, hay varias cosas que debes evitar para no dañarte ni cansarte más de la cuenta:
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No olvides calentar antes de empezar: Saltarte el calentamiento puede aumentar el riesgo de lesiones musculares o articulares.
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No uses ropa incómoda o que no transpire: Esto puede provocar irritaciones, sudoración excesiva y malestar durante la caminata.
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No camines con la mirada fija en el móvil: Estar pendiente del teléfono puede hacer que tropieces o que adoptes posturas poco naturales.
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No aguantes las ampollas o heridas sin tratarlas: Aunque sean pequeñas, pueden infectarse y dificultar seguir caminando.
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No te saltes la planificación: Caminar sin un plan puede hacer que te sobrecargues o que no progreses adecuadamente.
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No ignores la señal de fatiga extrema: Sentirse cansado es normal, pero si tu cuerpo te pide parar, hazlo antes de lesionarte.
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No lleves peso excesivo sin acostumbrarte: Si usas mochila o bolso, que no sea muy pesado ni cause desequilibrios.
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No pienses que más siempre es mejor: La calidad y la técnica importan más que la cantidad de kilómetros.
Evitar estos errores hará que tu experiencia caminando sea más segura, cómoda y sostenible en el tiempo.
Caminar te cambia la vida (pero hazlo bien)
Si tú también te estás animando a caminar más, o si lo haces desde hace tiempo pero te notas cargado, con molestias o directamente dolor, no te aguantes ni lo ignores.
Hazte un favor: pásate por un podólogo de confianza, como hizo mi padre. Porque sí, caminar es salud, pero con ayuda profesional, asesoramiento adecuado y un buen seguimiento, puede ser aún mejor y evitar problemas a largo plazo.